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Diario del corazón de María-Martes

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Autor: José Luis Martín Descalzo


Creo que acerté ayer al tener miedo. Esta mañana ha venido a verme Juan. Me ha dicho:
— Tengo que hablarte, María.
Y me ha contado que Jesús, tras el triunfo de anteayer, estuvo hablando en el templo y dijo que había llegado su hora.

— ¿Tú sabes qué quiere decir con eso de «su hora»?, me preguntaba Juan.
Yo recordaba que en Caná me dijo que aún no había llegado su hora. ¿Quizá «su hora» era la de los milagros, la hora del triunfo, la de cambiar el agua en vino, el odio en amor?

Juan no aguardó mi respuesta. Continuó:
— Dijo también esta frase que me ha quedado grabada: «Si el grano de trigo no muere es infecundo, pero si muere produce mucho fruto». ¿Acaso quiere morir?

Yo no podía contestar. Hace tiempo que miro a mi hijo y a todos los hombres como granos de trigo. Sí, quizá la tierra sea un inmenso campo donde hay que enterrarse para salir en la flor y en la gloria de la espiga. ¿O acaso nacerá él como la primera vez, sin dolor, sin sangre?

Juan siguió contándome que nota a los fariseos al acecho, como perros de caza, lanzando en torno a Jesús preguntas como redes.
— Los mismos apóstoles están asustados –ha seguido–. Si estallase el peligro huirían muchos. Temo incluso que alguno llegase a traicionarle.

He mirado a Juan como preguntándole qué quería decir con esto. Pero él ha apartado la mirada, arrepentido sin duda de haber dicho estas últimas palabras.
Me he quedado asustada cuando Juan se fue.

Durante todo el día, he tratado de hablar con Jesús sobre esto. Después de comer estuvimos largo tiempo callados y noté que necesitaba hablarme. Yo callé, esperando, y él se paseaba nervioso. De vez en cuando se asomaba a la ventana como para coger fuerzas del paisaje, se quedaba mirando a lo lejos, viendo sin ver.

Al fin dijo sólo:
— La tarde está muy buena, madre. ¿Por qué no sales a dar una vuelta?

Comprendí que quería estar solo. Y salí. Pero todo el tiempo del paseo estuve temiendo que hubiera querido alejarme de casa para algo, quizá esta tarde vendrían los fariseos a llevárselo. Volví corriendo, conteniendo el aliento. Subí corriendo las escaleras, pensando que su cuarto estaría vacío.
Y estaba oscuro. Grité.
— ¡Jesús!

Entonces vi su sombra, recortada en la oscuridad de la ventana, en el mismo sitio, en la misma postura en que le había dejado. Tenía los ojos llenos de lágrimas.
— Esta ciudad —dijo— me da pena. Si ella supiera cuántas veces he querido cobijarla como la gallina a sus polluelos.
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