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Autor: José Luis Martín Descalzo

Judas...
Todo el día dando vueltas en la cabeza a este nombre. Todo el día. Ayer Juan, al hablarme de traición, no sospechó siquiera la herida que me abría. Comencé a recordar frases y frases de Jesús y temblé al acordarme de aquélla: «uno de los míos me traicionará». Entonces ¿es posible?

Juan no dijo una palabra, pero comprendí de sobra que pensaba en Judas.
Yo tampoco he podido evitar el unir su nombre a la idea de traición. Y temo ser injusta en este juicio. No, no le juzgo. ¡Siento hacia él una tal ternura!

Hace tiempo he notado que me huye, como si mi corazón pudiera descubrir algo dentro del suyo. No, no es malo. Aunque he notado que tiembla al oír la palabra «amor», que oye las palabras de Jesús no como quien las bebe sino como quien las recuenta.

Pienso que sólo es un pobre chiquillo asustado, y me gustaría conocer palmo a palmo su infancia retorcida en la que, sin duda, se encuentra el secreto de sus silencios ariscos. ¿Acaso nunca nadie le ha amado de veras? Es absurdo, es absurdo, pero me gustaría haber sido su madre.

Jesús ha estado hoy más alegre y esto me ha preocupado más. Yo sé muy bien que entrará en la muerte como en un reino. No porque morir sea para él una liberación (ah, bien sé yo cuánto ama la vida), sino porque será el final de una misión cumplida. «El Padre» estará satisfecho de él.

Me gusta cuando habla de Dios, «el Padre» como él dice. Lo dice con una especie de orgullo entusiasmado. Al oírselo me siento como un poco desplazada. Pero esto me gusta, he tenido siempre tanto miedo de quitarle a Dios un céntimo de honor.

Y Judas... Otra vez este nombre que zumba en mi cabeza. Veo su mirada ensombrecida de niño malo, de pobre niño triste a quien machacaron la infancia. Judas.
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