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P. CERIANI: SERMON DE LA FIESTA DEL SANTÍSIMO NOMBRE DE JESÚS

FIESTA DEL SANTÍSIMO NOMBRE DE JESÚS

“Después de pasados los ocho días para circuncidar al Niño, pusiéronle el Nombre de Jesús, como le había llamado el Ángel Gabriel antes de ser concebido en el seno materno.”

¡Grande y admirable misterio!

El niño es circuncidado y recibe el Nombre de Jesús.

¿Qué significa esta relación?

La circuncisión parece más bien instituida para el que debe ser salvo y no para el que salva…

Reconozcamos aquí al Mediador entre Dios y los hombres.

A partir de su Encarnación, une en su Persona las cosas humanas con las cosas divinas, las de abajo con las de lo alto.

Nace de una mujer, pero de una mujer en quien el fruto de la fecundidad no hace perder la flor de la virginidad; es envuelto en pañales, pero estos sencillos lienzos son el objeto de la veneración de los Ángeles; se le recuesta en un Pesebre, pero es anunciado por una estrella que brilla en los cielos.

Al mismo tiempo que la circuncisión prueba que verdaderamente asumió la naturaleza humana, el Nombre que recibe es un Nombre que está por sobre todo otro nombre, e indica su gloria y su majestad.

Es circuncidado como verdadero hijo de Abraham, y se le nombra Jesús como verdadero Hijo de Dios.

Pero este Jesús no recibe, como los otros que se llamaron Jesús antes que Él, un nombre insignificante y trivial; este gran Nombre no es más una sombra y figura, expresa la verdad: el Niño que acaba de nacer es el Salvador del mundo, os ha nacido el Salvador, dijo el Ángel a los Pastores.

Por otra parte, el Evangelista nos enseña que este Nombre fue traído del cielo, como le había llamado el Ángel Gabriel antes de ser concebido en el seno materno

Observad qué profunda palabra. Es después de haber nacido que es llamado por los hombres con el nombre de Jesús, que le había sido dado por el Ángel antes de ser concebido.

Y la razón es porque es el Salvador de los Ángeles, así como lo es de los hombres… De los Ángeles, desde el principio de la creación; y de los hombres desde su Encarnación.

Pusiéronle el Nombre de Jesús… es el Nombre que el Ángel le había dado. Pero no es sin una buena razón que el Niño que nació para nosotros recibió el nombre de Salvador en su Circuncisión. En efecto, esperando poder derramar su Sangre por nosotros sobre la Cruz, comienza a operar hoy nuestra salvación.

No es necesario que un cristiano se pregunte por qué Nuestro Señor Jesucristo quiso ser circuncidado; ya que la razón que lo hizo someterse a la ley de Moisés es la misma por la cual nació y por la cual sufrió.

El Evangelista precisa que se le llamó Jesús, como le había llamado el Ángel Gabriel antes de ser concebido en el seno materno…

No se le impuso, ya que le pertenece desde toda eternidad. Es el Salvador por naturaleza, y este nombre es innato en Él, y no le es dado por un hombre o por un Ángel.

Pero, ¿cómo explicar que el gran Profeta, que predijo todos los Nombres que debían darse a este Niño, haya omitido precisamente el único con el cual fue nombrado o llamado, según la palabra del Ángel y la observación del Evangelista?

Isaías anhelaba y deseaba ver este día: lo vio y se colmó de alegría. Es, pues, en un sentimiento de reconocimiento hacia Dios y celebrando sus alabanzas que él exclama: “Un Niño nos ha nacido y un Hijo se nos ha dado. Llevará sobre su hombro la marca del Principado. Será llamado el Admirable, el Consejero, Dios, el Fuerte, el Padre del siglo futuro, el Príncipe de la paz.”

Todos Nombres bien importantes y grandes, ciertamente, pero no vemos entre estos Nombres el que está por sobre todos los nombres, el Nombre de Jesús, ante el cual toda rodilla debe doblarse.

Pero, todos los otros Nombres ¿no expresan, después de todo, lo mismo que ese Nombre, explayado en varios otros?

Puesto que el Profeta se refiere a Aquél del cual la esposa del Cantar de los Cantares dice, en una explosión de amor: “Vuestro Nombre es como el aceite que se derrama.”

Así pues, en todos estos Nombres reunidos, tenemos el Nombre de Jesús, y Él no hubiese podido recibir el nombre de Jesús, ni ser el Salvador, si le hubiera faltado uno sólo de estos Nombres.

En efecto, ¿no hemos comprobado por nuestra propia experiencia, cuán Admirable es en el cambio de nuestras voluntades?

Ya que es en esta transformación cuando comenzamos a rechazar lo que amábamos, a gemir por lo que nos hacía mayor placer, a aceptar lo que más temíamos, a seguir lo que huíamos, y a pedir con todas nuestras súplica lo que más temíamos…

Indudablemente, el que produce cosas tan asombrosas es Admirable él mismo.

Pero es necesario también que sea Consejero, para hacernos elegir lo mejor para ordenar nuestra vida, por temor a que tengamos un celo desprovisto de ciencia, una buena voluntad privada de toda prudencia.

Es necesario también que lo encontremos Dios en el perdón de nuestros pecados; sin lo cual no hay salvación posible, ya que nadie puede perdonar los pecados si no es Dios.

Pero no es suficiente; es necesario que nosotros probemos su fuerza en la lucha contra nuestros enemigos. Su fuerza, digo, que impide que seamos vencidos por nuestras antiguas concupiscencias, y que nuestro último estado se vuelva peor que el primero.

¿Carece de alguna prerrogativa?

Sí, le falta algo aún, le falta incluso la cosa más importante, es necesario que sea el Padre del siglo futuro, para que por él podamos resucitar para la inmortalidad, así como por nuestro padre del siglo presente fuimos engendrados para la muerte.

¿No es suficiente aún? No, es necesario que sea, por fin, el Príncipe de la paz y que nos reconcilie con su Padre a quien va a entregar el Reino. De otro modo, podríamos resucitar como hijos de perdición, no para la bienaventuranza, sino para la condenación eterna.

Sin duda su Imperio debe extenderse, para que pueda llamarle con razón el Salvador, debido a la multitud de los que deben ser salvos por él.

Y la paz será sin término, sin fin, para que sepamos que la verdadera salvación es aquella de la cual no se puede temer que dejará de ser un día.

Para obedecer a las prescripciones de la ley, el Señor recibió el mismo día el nombre que se le destinaba: “Se le dio el nombre de Jesús”.

El Nombre glorioso de Jesús, digno de todos los honores, este Nombre que está por sobre todos los nombres, no debía ser dado ni ser elegido por los hombres. Por eso el Evangelista añade de una manera significativa: “Como le había llamado el Ángel Gabriel”

“He aquí, dice el profeta, que la Virgen concebirá y dará a luz un hijo, y se lo llamará Emmanuel, nombre que se traduce: Dios con nosotros”.

El Nombre del Salvador, “Dios-con-nosotros”, dado por el Profeta, significa las dos naturalezas de su única Persona.

En efecto, el que es Dios, nacido del Padre antes de todos los siglos, Él mismo es Emmanuel al fin de los tiempos, es decir, Dios con nosotros.

Comenzó a serlo en el seno de su Madre, porque se dignó aceptar la fragilidad de nuestra naturaleza en la unidad de su Persona, cuando el Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros.

Es decir, comenzó de una manera admirable a ser lo que somos, sin dejar de ser lo que era, asumiendo nuestra naturaleza, sin perder lo que era en sí mismo.

El Nombre de Jesús es el del Hijo que, nacido de la Virgen María, significa, según la explicación del Ángel, el que salvará a su pueblo de sus pecados.

En cuanto al Nombre de Cristo, es el título de una dignidad profética, sacerdotal y real. Ya que, bajo la ley antigua, se llamaba a los profetas, a los sacerdotes y a los reyes Cristos, debido a la crismación.

Por el hecho de ser Profeta, Cristo nos enseña toda Verdad…

Por el hecho de ser Salvador, Cristo puede salvarnos de nuestros pecados…

Por el hecho de ser Pontífice, puede reconciliarnos con Dios Padre…

Por el hecho de ser Rey, que se digne darnos el Reino eterno de su Padre…

Jesucristo, nuestro Señor que, siendo Dios, vive y reine con el Padre y el Espíritu Santo, por los siglos de los siglos. ¡Amén!

En el nombre de Jesús, nombre de poderío y salud, Pedro, en compañía de Juan, obra su primer milagro y cura al enfermo.
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Fiesta del Santísimo Nombre de Jesús (II clase, blanco) Gloria y Credo. Prefacio de Navidad.
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In nómine Jesu omne genu flectátur, caeléstium, terréstrium, et infernórum: et omnis lingua confiteátur, quia Dóminus Jesu Christus in glória est Dei Patris.- Ps. 8, 2. Dómine, Dóminus noster: quam admirábile est nomen tuum in univérsa terra! Glória. (Al oír el Nombre de Jesús doblen la rodilla todas las criaturas del cielo, tierra e infierno; y toda lengua confiese que nuestro Señor Jesucristo está en la gloria de Dios Padre.- Salmo. Oh Señor y Dios nuestro: ¡Cuán admirable es tu nombre en toda la tierra! Gloria al Padre).

Es, Jesús, el nombre personal y completo del Hombre-Dios. La gloria del Nombre de Jesús consiste en sus efectos y bendiciones relativamente a nosotros y relativamente al Salvador mismo. Con respecto a nosotros es un verdadero sacramental. Todo lo que el Salvador ha sido para nosotros, lo es también su Nombre, prenda de nuestra salvación y de la eficacia de nuestras súplicas y oraciones (Joan., XVI, 23), prenda de consuelo y de toda clase de bendiciones en las tentaciones, en la vida y en la muerte (Act., IV, 12). Por lo que toca al Salvador mismo, ese Nombre es el instrumento de su gloria, porque por su medio se le tributa toda clase de honores: invocación, confianza, respeto, adoración, amor, y la gloria de los milagros, que en virtud de este Nombre se ha realizado y se realizarán. Este nombre es además la gloriosa recompensa de la penosísima obra de la Redención, de manera que, aún hoy, a este Nombre se doblan todas las rodillas en el cielo, en la tierra y en los infiernos (Phil., II, 10). Es un nombre inmenso, gloriosísimo. El Hombre-Dios tenía muchos nombres (Is., VII, 14; IX, 6; Zach., VI, 12; Dan., VII, 13), pero ninguno le fue tan querido y apreciado como este, porque él le traía el recuerdo de nosotros. Por esto resuena aún por todas partes; fue pronunciado sobre su cuna y está inscrito en su Cruz.

Debemos honrar el nombre de Jesús, invocarlo y glorificarlo. Podemos honrarle pronunciándolo devotamente, con respeto y con entrañable amor, así como lo hizo el Ángel al pronunciarlo por primera vez; como María y José, que tantas veces embalsamaban con él sus labios; como todos los cristianos y fieles discípulos de Jesús; como todos los apóstoles y mártires que lo confesaron y dieron su vida por él. Podemos invocarlo en todas nuestras obras, en todas nuestras acciones, en todos los peligros y en todas las tentaciones (Cant., VIII, 6). Finalmente, lo glorificamos, cuando nos honramos en llamarnos cristianos, cuando procuramos, en la medida de nuestras fuerzas, extender su conocimiento y amor, y no perdonamos esfuerzo ni fatiga para hacerlo reinar. Cada una de estas maneras de usarlo y honrarlo, rodea el nombre de Jesús de un nuevo nimbo de gloria en el cielo.
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