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San Francisco Javier Patrono de las Misiones



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Símbolo, con san Pablo, del universalismo misionero. Javier es comparado por cuatro romanos Pontífices (Urbano VIII, Benedicto XIV, Pío X, y Benedicto XV), por razón de su celo apostólico, a los mismos Apóstoles. Benedicto XV, en la célebre encíclica Maximum illud, que inaugura una nueva época en la historia misionera de la Iglesia, afirma de Javier que "es digno de ser comparado a los mismos Apóstoles" (dignus est Apostolis ipsis comparetur).

"Javier, afirmó Juan Pablo II, en su discurso desde el Castillo natal del santo, en noviembre de 1982, es el prototipo de la Misión universal de la Iglesia.

Su motivación es el amor evangélico a Dios y al hombre, con atención primordial a lo que hay en él de valor prioritario: un alma donde se juega el destino eterno del hombre". "Siente, como otro Pablo, el apremio incontenible de una conciencia plenamente responsable del mandato misionero y del amor de Cristo" (cf. 2 Cor 5, 14). Nada menos que 101 veces repite en sus cartas que su más ardiente anhelo es "acrecentar nuestra santa fe; extender los límites de la Iglesia".

El grito de san Pablo: "Ay de mí si no predico el evangelio", lo traduce Javier en frecuentes versiones, pero con tal expresión de fuerza y convicción, que emociona profundamente.

Cuando se decide, tras largas cavilaciones, a partir al Japón, escribe: "Espántanse mis amigos de hacer un viaje tan largo y peligroso... Las tempestades del mar de China y del Japón son las mayores que se han visto... Los ladrones del mar son tantos, que es cosa de espanto... Y son estos piratas muy crueles en dar muchos géneros de tormentos y martirios a los que cogen...

De ninguno tengo miedo, sino de Dios, que me dé algún castigo por se negligente en su servicio, inhábil e inútil para acrecentar el nombre de Jesucristo entre gentes que no le conocen... Todos los demás miedos, peligros y trabajos, los tengo por nada" (Ibíd., Doc. 79, 2-2,1549).

Apóstol en los cinco continentes. Mas no sólo ora y se sacrifica con la mira puesta en la salvación de todos los hombres, sino que Javier será el único apóstol de su tiempo cuya voz ha resonado en los cinco continentes.

Javier, a sus 35 años, parte como Misionero al Oriente, en 1541. Doce años escasos durará su vida de Misionero, de los cuales cerca de cinco pasará navegando o esperando en los puertos la llegada de las naves.

Dejará señales de su celo apostólico en Europa (Francia, Italia y Portugal); en América (islas de Noroña y Abrollos, cercanas éstas últimas a Río Janeiro); en áfrica (Mozambique, Melinde y Socotora); en Asia (India, Malaca, Japón, China); en Oceanía (islas Molucas al norte de Australia)...

Javier "amó a la Iglesia y se entregó por ella". Javier, como su maestro, amó con pasión a la Iglesia. Firmemente persuadido de que Cristo, aunque invisible, sigue siendo la Cabeza del Cuerpo Místico y de que es su Espíritu quien lo une, lo fecunda y vivifica, pondrá también toda su confianza en la Iglesia.

En la primera de sus cartas, dirigida desde la India, escribe una frase que parece dictada a la luz del Concilio Vaticano II: "Por los méritos de la Santa Madre la Iglesia, en que yo mi esperanza tengo (y cuyos miembros vivos sois vosotros), confío en Cristo Nuestro Señor que me ha de oír y conceder esta gracia: que use este inútil instrumento mío, para plantar la Iglesia" (Ibíd., 15.9.1542).

Su obediencia y veneración a la sagrada jerarquía. Su profunda fe y amor a la Iglesia, y su formación en la escuela de Ignacio de Loyola, le movían a sentir con la Iglesia en lo íntimo de su ser.

Aunque lamentó en su tiempo la decadencia de que adolecía una buena parte de la jerarquía eclesiástica, amó, veneró, y prestó sincero acatamiento al Papa y al Obispo de Goa, cuya jurisdicción abarcaba todo el Oriente.

El Padre Texeira, que convivió con Javier en la India, nos ha dejado un testimonio elocuente sobre la primera entrevista que tuvo el santo con el Obispo de Goa: "Le presentó las credenciales de nuncio apostólico... diciéndole... que él las entregaba a su señoría y que él no quería usar de ellas, sino a la manera que a su señoría pareciese" (Mon. Sav. P. 842).

Como provincial de la Compañía de Jesús, escribirá a sus súbditos: "Del Señor Obispo seréis siempre muy grandes amigos, y en todo lo que pudierais le descargaréis, tomando parte en sus trabajos; al cual tendréis mucho acatamiento y reverencia, pues es Prelado de toda la Iglesia (frase ésta que parece de un documento del Vaticano II), a quien todos obedeceremos en lo que nuestras fuerzas abarcaren" (Ibíd., 84-junio1549).

Hasta a los Vicarios del Obispo quería Javier que los jesuitas los acataran y reverenciaran. Pocos días antes de su muerte en Sancián, mandó Javier "que los Padres de la Compañía que andan en diferencias y disgustos con los Vicarios, que los despidan de la Compañía de Jesús" (Ibíd., Doc. 117, abril 1552).

Llamamientos misioneros de Javier. Javier, que ha hecho suyas las palabras de san Pablo: "Caritas Christi urget nos", pronto se da cuenta de la magnitud y de la urgencia del problema misionero.

En sus cartas a Italia y Portugal, hace emocionantes llamamientos a los estudiantes y profesores de las universidades, a los religiosos de todos los institutos para consagrarse por entero al apostolado misionero. Un gran aliciente incluirá siempre en estas llamadas: el gozo de la evangelización, la consolación interior que supone dar a conocer y amar a Jesucristo entre los que lo ignoran, la alegría de haber encontrado el verdadero sentido a nuestra vida, participando con Cristo en el plan divino de salvación universal.

Su primer llamamiento lo hace desde la India. Como es bastante extenso extractemos unas cuantas citas: "Muchas veces me mueven pensamientos de ir a los estudios de esas partes, dando voces como hombre que tiene perdido el juicio, y principalmente a la universidad de París, diciendo en la Sorbona, a los que tienen más letras que voluntad, para ponerse a fructificar con ellas...: ¡Cuántos mil millones de gentiles se harían cristianos, si hubiera operarios que no busquen sus propios intereses, sino los de Jesucristo... ! - Cuánto más consolados vivirían!"

Desde el puerto de Kagoshima, donde desembarca en el Japón, se dirige a los religiosos de todas las Ordenes, "que viven con muchos santos deseos de glorificar a Jesucristo en las almas que no le conocen, y por muchos que vengan sobra lugar en este gran reino (del Japón) para cumplir sus deseos, y en otro mayor que es el de la China ... " (Ibíd., Doc. 90, 5-11-1549).

Oración y contemplación. Javier fue hombre también de intensa vida de oración. Antes de su consagración al apostolado, desde su infancia hasta los 19 años en que partió para París, todos los días acompañaba a su madre a rezar la salve ante la imagen de santa María de Xavierre, que presidía la Iglesia parroquias junto a su castillo natal.

En sus años de Misionero, llevaba colgado al cuello el rosario. Esta devoción mariana la propagó el santo por la India, por Oceanía y el Japón... Y con dulcísimas jaculatorias a María terminó sus días en el islote chino de Sancián.

En sus catequesis, que eran mezcla de doctrina y oración, componía el Santo diversas oraciones para que los niños las cantaran por sus poblados y aldeas. Y hasta a sus amigos más queridos, como recuerdo de despedida, les dejaba una oración escrita por su mano.

Tras recitar con gran devoción las oraciones litúrgicas en la celebración de la Eucaristía, añadía por su cuenta una oración por la conversión de todos los gentiles, teniendo la hostia consagrada en sus manos...

En cuanto a la oración mental, solía imponer por penitencia a las personas más dadas a la piedad, la práctica ignaciana de los tres modos de orar... Javier pronto entró por el camino de la contemplación.

El que fue monaguillo de Javier y luego Vicario de San Juan Bta. en Goa nos cuenta un hecho que parece arrancado de las "florecillas" de san Francisco de Asís.

Subía todos los días el santo a la torre de la iglesia del Colegioseminario de Santa Fe, después de comer, parar orar con más tranquilidad. Un día le encargó el apóstol que subiera a la torre, a las dos de la tarde, para recordarle que debía visitar al Gobernador. Cuando el chico subió, encontró a Javier sentado en un banco, los ojos fijos en el cielo y el rostro encendido. Llámóle, hizo ruido; en vano. Javier continuaba absorto. Alejóse Andrés y volvió a las cuatro. Lo encontró de igual manera: mas, al ruido que hizo el niño con la puerta, se despertó Javier, como saliendo de su ensimismamiento.

- ¿Son ya las dos? - preguntó Javier.

- Son las cuatro - respondió el pequeño.

El Padre se levantó y juntos echaron a andar por la ciudad. Javier marchaba de prisa. Andrés con la lengua fuera. Pasaron por delante, de la casa del Gobernador, cruzaron y volvieron a cruzar la calle. Transcurrieron las horas, cerró la noche... De pronto, camino del Colegio, dijo Javier, como saliendo de un sueño: "Hijo mío, otro día iremos al Gobernador. Hoy ha querido Dios todo el día para sí".

La gran virtud de Javier: la confianza en Dios. Javier, optimista por naturaleza, era mucho más por su fe y su confianza en la ayuda divina. Son muy significativas sus palabras en una carta dirigida a su querido pariente el doctor Azpilcueta, antes de embarcarse para la India: "Desde que he adquirido algún conocimiento mío... procuro poner en Dios toda mi esperanza y confianza" (Ibíd., Doc. 8, 28-9-1540).

Consciente plenamente de su inutilidad, se abandonaba por entero a la voluntad divina. Esta confianza no podía menos de dar frutos saludables, tanto para la eficacia de sus ministerios pastorales, como para su santificación personal. El mismo Javier nos confiesa: "Yo sé de una persona (se refiere a sí mismo) a la cual Dios hizo mucha merced, ocupándose muchas veces así en los peligros, como fuera de ellos, en poner toda su esperanza y confianza en él, y el provecho que de ello le vino, sería muy largo de escribir" (Ibid., Doc. 90, 5-11-1549).

Por eso Javier, cuando tras larga oración se persuade de que una empresa, por ardua que sea, Dios la quiere, no hay dificultades capaces de retenerle. Hace suya la frase de san Pablo: "Si Dios está con nosotros, ¿quién contra nosotros?" Cuando se resuelve en Meliapur (India) a marchar a Oceanía, escribe Javier: "Tengo tanta fe en Dios Nuestro Señor, que aunque de esta costa no fuese este año navío ninguno, y partiese un catamarán, (balsa de troncos unidos), iría confiadamente en él, puesta toda mi esperanza en Dios" (Ibid., Doc. 51, 8-5 1545).

¿Fue Javier excesivamente andariego? Algunos biógrafos del santo, aun reconociendo su formidable dinamismo apostólico, lo han pensado así. Hubieran preferido que el apóstol eligiera un punto céntrico donde residir, para dirigir, desde allí, a sus colaboradores.

Pero olvidan los que así le critican que el Papa Pablo III, al enviar a Javier como nuncio o delegado suyo para el Oriente, le señaló su cometido y los límites de su misión: "Confirmar en la fe a los nuevos cristianos y ganar a la misma a los gentiles." Y todo esto "con suma urgencia" (quam citius) "desde el Cabo de Buena Esperanza, pasando por Etiopía, mar Rojo, mar Pérsico, tierrasy lugares de ambos lados del Ganges, hasta el oceáno Pacífico". Dentro de estos horizontes geográficos, no muy científicamente expresados, pensaba Javier al penetrar en Japón y poner el pie en un islote chino, que también a estos países se extendía su legación pontificio. Era consciente de que su Misión consistía en abrir nuevas rutas al Evangelio.

Un franciscano de Malaca, contemporáneo de Javier, dijo al Padre Pérez, jesuita, con residencia en la misma ciudad: "El Padre Francisco da demasiadas vueltas". Súpolo Javier y contestó: "Si yo mismo en persona no visitara esas tierras no podría conocer sus necesidades. Me faltaría la experiencia necesaria para dar normas de conducta a los Padres, y uno de los requisitos capitales de la prudencia, es la experiencia personal " (Schurhammer, Vida de San Francisco Javier, 246).

El mismo Javier escribe desde la India, refiriéndose a sus viajes por el Japón y a su proyecto de ir a China: "Grandísima esperanza tengo en Nuestro Señor que se ha de abrir camino, no solamente para los hermano de la Compañía, mas para todas las religiones (órdenes religiosas), para que puedan todos los santos padres bienaventurados de ellas, cumplir sus santos deseos, convirtiendo mucho número de gentes al camino de la verdad. Y así ruego y pido por amor y servicio de Dios N. S. a todas aquellas personas que viven con deseos de manifestar el nombre de Dios en tierras de infieles, que se acuerden de encomendarme a Dios en sus devotas oraciones y santos sacrificios, para que pueda descubrir alguna tierra, donde ellos puedan venir a cumplir sus santos deseos " (Ibíd., Doc. 96, 29-1 1552).

Fecundidad y perennidad de su apostolado. Esta misión tan urgente de abrir nuevos caminos al evangelio no impedirá que deje organizadas las nuevas cristiandades en todos los países donde ponga su planta el apóstol. Tanto la región de Goa, como la de Malabar y la costa de la Pesquería en la India, y el mismo Japón, son testimonios fehacientes de la fecundidad y perennidad de su apostolado.

Las repetidas visitas a las cristiandades nacientes y sus cartas e instrucciones frecuentes a sus Misioneros, recuerdan la estrategia apostólica de san Pablo. Todo su afán era conseguir nuevos Misioneros, para poder él dejar su puesto y seguir avanzando, abriendo nuevos caminos a la Iglesia.

Y tanto pudo conseguir en este aspecto que, después de establecidas en Italia y Portugal las dos primeras provincias Jesuíticas, será la India, antes que España, la que organice la tercera, con cerca de 60 Misioneros de la Compañía naciente, que Javier logró reunir.

Dios bendijo a Javier con un especialísimo carisma: el de que, estando tan poco tiempo en cada uno de los pueblos a evangelizar, arraigase en ellos la fe de manera extraordinaria. 700.000 católicos japoneses se contaban a los 50 años de la muerte de san Francisco Javier... Las terribles persecuciones que duraron dos siglos y medio, no lograron destruir la herencia del apóstol.

Cuando se recomenzó la evangelización del Japón, a fines del siglo XIX, se presentaron a los nuevos Misioneros millares de cristianos que habían mantenido su fe, durante dos siglos y medio de cruelísima y continua persecución, sin sacerdotes y sin templos.

Extensísimo patronato de Javier. Son muchos los pueblos y naciones acogidos al patrocinio de san Francisco Javier. Pero es el Pontífice Benedicto XIV, en el siglo XVIII, el que amplía de manera extraordinaria el área del patronato javeriano.

He aquí el texto de esta solemne declaración:

"A fin de que Javier, favorecido con el carisma apostólico y llamado meritoriamente apóstol de las nuevas gentes con el consentimiento unánime de todo el orbe cristiano, sea más y más venerado por los fieles, más fervientemente imitado en sus preclaras virtudes y más confiadamente invocado en su poderoso valimiento desde el Cielo, proponemos y mandamos tributarle nuevos y mayores honores y ensalzarle e invocarlo con un nuevo título:

"A mayor gloria de Dios y acrecentamiento de su culto y con nuestra autoridad apostólica, mandamos y declaramos que san Francisco Javier debe ser tenido como patrono y protector principal de las Indias (Orientales) desde el llamado cabo de Buena Esperanza hasta los reinos de China y Japón con sus provincias e islas adyacentes"".

Basta ojear un atlas de hoy y recorrer todos los pueblos dentro de los límites señalados, para comprender que no hay santo alguno que tenga tantos países bajo su protección. Son 40 las naciones comprendidas en esta declaración de Benedicto XV, y entre ellas se cuentan los países más poblados del globo: China con sus 1.000 millones de habitantes, India (700), Japón (111), Indonesia (146)... Un total de más de 2.000.000.000 de personas están -aunque la inmensa mayoría de ellos no lo saben- bajo el patrocinio de san Francisco Javier... Oficio es de su cargo implorar ante el Señor para "que se conviertan y vivan" cuantos habitan estos países del Oriente...

Patrono de todas las Misiones y de todos los Misioneros. Javier ha sido un apóstol tan admirado durante su vida, y sobre todo después de su muerte, que pudo decir Benedicto XIV, que fue aclamado, con el consentimiento unánime de todo el orbe cristiano, "como el nuevo apóstol de las gentes". Esta universal veneración ha sido motivo de que, creyéndolo todos, "ex sensu communi" Patrono nato de todas las Misiones y Misioneros, no hubiera declaración jurídica de este patrocinio de san Francisco Javier.

Fue Pío XI quien con el decreto de la Sagrada Congregación de Ritos, declarando Patrona de todas las Misiones a santa Teresa del Niño Jesús, nombraba también -de manera indirecta- a Javier como Patrono de las Misiones.

He aquí las palabras referentes a este texto singular:

"Su Santidad... se ha dignado declarar a santa Teresa del Niño Jesús, Patrona a título especial de todos los Misioneros, hombres y mujeres, así como de todas las Misiones existentes en el mundo. Viene, pues, a ser ella su Patrona principal al igual que lo es san Francisco Javier, con todos los derechos y privilegios que comparte este título".

¿No estamos ante un delicioso juego de intercambio de dones entre los santos del cielo?

Porque conviene saber que santa Teresa del Niño Jesús, pocos meses antes de morir, obsesionada con la idea de seguir derramando desde el Cielo una lluvia de rosas sobre la tierra, hizo la Novena de la Gracia pidiendo a Dios, por intercesión de san Francisco Javier, conseguir esta gracia. Así lo confió a sus dos hermanas María Luisa y Paulina. Y les añadió: "Estoy segura de haberío conseguido, porque mediante esta Novena se obtiene todo aquello que se desea."

Pío XI la proclamó Patrona de todas las Misiones en 1927. Con este nor-nbramiento contribuía santa Teresa del Niño Jesús a llenar el olvido jurídico sobre el Patronato de Javier, haciendo de los dos, con plena igualdad de derechos y de honores, los santos Patronos de las Misiones y Misioneros.
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