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La bendición de los animales el día de san Antón

El 17 de enero, es el día de san Antón, como se conoce en España a san Antonio Abad (251-356), llamado el cenobiarca por haber sido el iniciador del monaquismo.
Perteneciente a una rica familia egipcia, a los veinte años perdió a sus padres y aprovechó para vender todas sus posesiones, entregando el producto a los pobres, pues quería seguir su vocación de entregarse a Dios de una manera radical, escogiendo para ello la vida solitaria. Internándose en el desierto de la Tebaida, su ejemplo fue seguido por multitud de hombres que poblaron el eremo (de ahí su nombre de “ermitaños”).

Llevaban una vida exigente y de extrema austeridad en un tiempo especialmente peligroso en el que el cristianismo, convertido en religión de las masas y atacado por la herejía arriana, corría el riesgo de diluirse. Por eso se considera a Antonio el salvador providencial de nuestra religión. Fue célebre su heroica resistencia a los asaltos de terribles tentaciones. Fue amigo de san Pablo (228-341), llamado “el primer ermitaño” por haber sido el pionero de la gran aventura monástica, a la que Antonio dio decisivo impulso. La vida de éste, escrita por san Atanasio de Alejandría, es un clásico de la Patrística.

San Antonio Abad es considerado uno de los patrones de los animales. Se le representa con un gracioso cerdito a sus pies, aludiendo al milagro operado por el santo a favor de unos jabatos nacidos ciegos, cuya madre acudió a él en busca de ayuda y, en agradecimiento, nunca más se separó del bondadoso monje. Algunos han querido ver en el porcino al símbolo del tentador Satanás vencido por san Antonio, contra quien solía mandar piaras de cerdos poseídos. Sin embargo es más amable la primera explicación y da a entender mejor su delicadeza de espíritu. Los santos han sido por lo general benignos con los animales y los han socorrido y amado como a criaturas que también son de Dios. Es de suponer que en el desierto san Antonio, como san Pablo (que recibía su sustento diario de los cuervos), conviviría con varias especies en paz y armonía. Y no se trata de visiones idílicas o arcádicas mezcladas de cierta política verde de moda. El ecologismo bien entendido es perfectamente cristiano.

De las manos del Padre han salido todos los seres vivos, como todas las cosas visibles e invisibles. Él indicó a nuestros primeros padres: “Creced y multiplicaos y henchid la tierra, y dominad sobre ella, y gobernad sobre los peces del mar y sobre las aves de los cielos y sobre todos los animales que bullen sobre la tierra” (Gen. I, 28).

Dijo “gobernad”, no “tiranizad” a las otras criaturas animadas, a las que ha hecho peculiarmente solidarias con el hombre si nos atenemos a un pasaje enigmático de san Pablo: “Porque la creación fue sujetada a vanidad, no por su propia voluntad, sino por causa del que la sujetó en esperanza; porque también la creación misma será libertada de la esclavitud de corrupción, a la libertad gloriosa de los hijos de Dios” (Rom. VIII, 20-21). Dios salvó a los animales juntamente con Noé y los suyos en el arca, durante el diluvio universal. Hizo de algunos instrumentos de sus designios (la burra de Balaam, los osos que vengaron las burlas contra el profeta Eliseo). El vaho bienhechor del buey y la mula del pesebre calentaron a Jesús recién nacido…

Podríamos multiplicar los ejemplos, pero baste decir que Dios quiere a todas las criaturas que han salido de sus manos y que seguramente no le gusta que los hijos de los hombres las maltraten. Cierto es que nos las ha dado como ayuda, para nuestro abrigo y sustento; pero por eso mismo debemos ser más delicados en nuestro trato con otros seres que nos procuran el bien. Desde luego, los santos han demostrado su finura espiritual en este sentido, descollando no sólo san Antonio Abad, sino también santa Tecla, santa Gertrudis, san Roque y, sobre todo, san Francisco de Asís, cuyas Florecillas están llenas de episodios que rezuman una gran bondad.

Es, empero, en la fiesta del primero, es decir, el 17 de enero, cuando se realiza la bendición de los animales, muy popular en España y también en la América Española. En este los animales de tiro tradicionalmente eran eximidos del trabajo además de ser bendecidos. Gracias a Dios, la bendición del día de san Antón es una costumbre que no se ha perdido, aunque la vida de tráfago de nuestras ciudades modernas imponga muchas limitaciones.

Hagamos bendecir a nuestros animales: ellos son nuestros compañeros y nos aportan mucho, incluso una compañía de la que a veces nos privan nuestros propios congéneres. Tratémoslos bien y cuidémoslos en sus enfermedades y apuros. Son criaturas que dependen de nuestra buena voluntad como nosotros dependemos de la generosa Providencia de Dios. Nosotros somos su providencia: hagamos con ellos lo que quisiéramos que Dios hiciera con nosotros.


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